Mis padres murieron buscando a su hijo Manuel
En Zaragoza, el día 2 de abril de 1970, Paquita sale de su casa en la calle San Blas y se va a trabajar cómo cada día, de asistenta en una casa. Mientras tanto, su marido estaba haciendo la mili en Cerro Murriano. Ambos eran muy jóvenes, recién casados; ella tenía 17 años. Estaba embarazada.
Al llegar a la casa donde trabajaba le ofrecieron un café; pero ella pidió una manzanilla ya que no se encontraba muy bien. La señora de la casa le mandó hacia el hospital, en concreto a la Maternidad Provincial de Zaragoza (en calle María Agustín). Paquita llama a su hermana, con quien convive y quien le acompaña al hospital.
Al llegar le confirman que está en estado de parto. La ingresan; le ponen gotero y a las horas, nace su bebé. Ella cree que es una niña, aunque a día de hoy no lo puede asegurar porque nunca le dejan coger a su bebé. Le dicen que la llevan a la incubadora porque no está bien y le dan el alta a ella diciéndole que tiene que ir a darle de mamar al día siguiente a las 9, a las 12, y a las tres porque sería conveniente para que la niña fuera cogiendo fuerzas.
Cualquier madre que haya tenido que dejar a su bebé en incubadora sabe lo que se sufre, al marcharse de allí, no sabiendo cómo está la bebé que acabas de parir, no pudiéndola acompañar, ni cogerla, ni verla.
Así que Paquita va al día siguiente a las 9 de la mañana. En el hospital le dicen que la niña ha pasado mala noche y que vuelva más tarde. A las 12 vuelve a ir, tal y como le dicen las monjas, y cuándo llega le dan la noticia de que su hija ha fallecido.
Ella, rota, quiere verla y le enseñan un bebé envuelto en un arrullo, encima de una mesa de mármol. Es una imagen que nunca ha borrado de su memoria, por todo lo que significa, pero también porque ella le ve un hilillo de líquido que sale de su nariz y le da la sensación de que está en descomposición.
Paquita está totalmente destrozada y la monja le consuela. Le dice que esté tranquila, que ellos se hacen cargo del entierro. Ella se va a su casa a esperar que le avisen de su entierro, pero esa llamada nunca llega. Es tal su miedo y su dolor que no se atreve ni ir al hospital.
Su historia de dolor sigue porque ella es huérfana desde los 12 años y ayudó a que sus 8 hermanos salieran adelante. Sabía lo que era cuidar, acompañar en la carencia, sabía lo que es luchar adelante a pesar de las dificultades. Y por supuesto, estaba dispuesta a criar a su hija.
Cuando ve en televisión la noticia de los niños robados, es consciente enseguida de que es su caso. Se pone en contacto con Anadir y el abogado Antonio Barroso le ayuda en su demanda. Tiene una especie de vista a la que acude con su hijo mayor; ya que su marido ha fallecido. Su sensación es que la tratan más como acusada que como víctima. No es solo sostener el dolor de que te hayan podido robar a un hijo, sino que los poderes que te han de proteger, te hagan sentirte culpable. Esto ocurrió en Madrid, de donde salen con mucho dolor. Sentenciaron que el certificado de defunción tenía muchos errores incluso que estaba mal puesta la edad y que el sitio de enterramiento también es falso.
Pero esto no la ha hecho encontrar a su hija, ni nadie la ha pedido disculpas o reconocimiento de los hechos…ni sabe si su hija estará bien, que es lo que desea toda madre, a pesar de no haberla podido criar.