Un caso de bebés robados que busca justicia
Soy Tere Larrosa Zaporta, una madre con hijos ya mayores, que trabaja incansablemente por aclarar la verdad sobre la supuesta muerte de mi propia hermana. En el proceso busco no sólo a una hermana perdida, sino también mi identidad y la de nuestra familia. Intento comprender el dolor silencioso que subyace en nuestra vida y, especialmente, el de mi madre, que ha muerto sin saber qué ha pasado en realidad con su hija; así como el dolor y frustración de mi padre, también fallecido. Dicen que el silencio es el aliado de la mentira, así que hoy doy otro paso valiente, poniendo mi granito de arena, y voy a contar cómo empecé a dudar de la historia oficial de la muerte de mi hermana y empezamos a atar cabos sobre los indicios de un posible caso de bebé robado a mis padres, Cesáreo y Matilde.
Mi madre dio a luz un bebé el día 7 de julio de 1961, en el Hospital San Juan de Dios de Zaragoza. Matilde tenía entonces veintitrés años. Le comunicaron que el feto había nacido muerto. El facultativo que asistió el supuesto aborto era M. L. G. Según consta en el registro civil de criaturas abortivas y en el cementerio de Torrero, el feto era una hembra. Nos dijeron que la bebé padecía del corazón, que tenía otitis e incluso mencionaron la asfixia lívida, entonces conocida como «asfixia azul». El dolor fue tan grande como el shock y la familia siguió las indicaciones de la monja que, en nombre del hospital, se encargó de todo. El hospital gestionó el entierro, no pudieron llevar el cuerpo a su lugar con el resto de la familia. Pocos días más tarde, mis padres volvieron a casa con los brazos vacíos y el corazón lleno de una pena inmensa por la muerte de su hija. Al resto de la familia se nos contó siempre la historia de que nuestra hermana nació muy grande y que murió al nacer, porque tenía un corazón muy grande.
¿Pero cómo empecé a sospechar que a mis padres les podían haber engañado?
Soy una mujer muy intuitiva, lo he sido desde que tengo memoria, pero es verdad que de pequeña esa sensación es más fuerte y a medida que nos hacemos mayores se va volviendo un sutil susurro.
Sin embargo, yo siempre he llevado conmigo una angustiosa sensación de que me faltaba una parte de mí.
Cuando de niña me contaban la historia de mi hermana y de cómo había muerto, yo siempre sentía que esa era la parte que me faltaba y que algo era diferente a lo que me contaban. Yo sentía y siento en mis carnes que esa parte está viva. No sabía dónde, no sabía cómo, pero lo sentía, sin más.
Los años pasaron, la vida va llevándote aquí y allá, y lo inmediato y el futuro cautiva tu atención durante años, mientras algunas cosas se quedan silenciosamente en un cajón esperando ser organizado.
Algo pasó en el año 91 que me hizo recordar ese cajón pendiente de organizar. Por casualidades de la vida, o providencia si lo prefieres, cayó en mis manos una revista en la cual había la foto de una chica con tanto parecido a mí, o yo a ella, que la persona que la vio nos confundió. Este amigo común le mostró el artículo a mi hermana Lourdes y le regaló la revista bromeando y preguntándole qué hacía yo presentando un evento en la alta sociedad. Él no era consciente, pero acababa abrir el baúl de los recuerdos familiares, donde había asuntos pendientes. El resto de la familia también se quedó de piedra el ver la foto y el extraordinario parecido. Nadie había hablado de este tema, nadie estaba buscando, pero esa foto hizo que temblaran los cimientos de nuestra historia familiar. A veces las cosas llegan así, como por casualidad, y lo que parece insignificante se vuelve importante. Serendipia creo que le llaman. Al ver su fotografía, algo hizo clic dentro de mí, todavía recuerdo el momento, fue como si se parase el tiempo. Aquello me conectó entonces con las sensaciones que tenía de niña cuando me contaban la historia de mi hermana, pero ahora era mayor y podía hacer algo, quizás no mucho, pero sí algo, seguro, todo lo posible… y eso no era nada.
A partir de ahí, ese asunto se volvió central en mi vida. Otros temas empezaron también a llamar fuertemente mi atención; ciertos hechos que generaban dudas y que parecían, más bien, indicios de pasos a seguir para descubrir algún misterio oculto, alguna verdad, aclarar las dudas pendientes. Volví a preguntarles a mis padres por lo sucedido con mi hermana. Quería saber detalles, necesitaba aclaraciones, pero sólo aparecían más dudas. Les dijeron que era una niña y que, en el momento de nacer, estaba muy morada y muy hinchada. Les dieron tres motivos de muerte, relacionados, sí, pero inconsistentes. Empecé a preguntar con insistencia a mis padres y la respuesta siempre era la misma: «Tu hermana está muerta. Muerta. ¡Está muerta! Nos lo dijo la monja». Como si repetir lo que les habían dicho lo convirtiese en realidad. Igual que los niños que, jugando, se tapan los ojos y se vuelven invisibles. Como si ese dolor fuese más tolerable que asumir que les hubiesen engañado. Porque una cosa es perder a un hijo y otra es que, por creer en la palabra de una monja y honrar tu devoción cristiana, hayas podido dejar desvalida a tu criatura en manos de la oscuridad más incierta, por muy vulnerable que una estuviese y muy engañada. La culpa siempre acecha a los inocentes con buena consciencia.
Mi padre, Cesáreo, por motivos de trabajo, no había podido estar presente en el parto, pero confiaba en mi abuela María. Cesáreo solo firmó el entierro. Jamás vio al bebé, o al feto, como ellos lo llamaron. Solo firmó un papel y vio un ataúd pequeño.
Crecía la sensación de que la monja les había engañado, no solo a mi madre, sino también a mi abuela materna, María, y a mi madrina, Teresa. Por supuesto, todas creyeron a la monja, ¡cómo ibas a desconfiar de una monja en aquellos tiempos!, y menos aún si eras creyente. En aquella época todo el mundo lo era, y mi familia no suponía una excepción. Aunque mi abuelo era anticlerical, mi abuela acudía a misa diaria, igual que mi tía. Pero hasta mi abuelo era de respetar las fiestas y a los curas y monjas. Mi madrina Teresa y mi padrino Eusebio iban a ser los padrinos de la recién nacida y eran los mejores amigos de mi abuela María, la que mandaba en casa.
La abuela y la madrina le propusieron a la monja que les dejaran llevarse el cuerpo para enterrarla en el pueblo. Es verdad que no sería ortodoxo viajar con el cuerpo de una niña fallecida, pero ellos le propusieron esto a la monja por piedad, asegurando que la llevarían envuelta en la empañadura que habían traído de regalo para la niña. Su idea era poder darle sepultura con la familia y pensaron que, siendo ellos muy devotos, la monja lo permitiría. Por supuesto, esto no ocurrió. La monja no sólo se negó en redondo, sino que además les dijo que el hospital correría con los gastos y que no se preocupasen por nada, que se le daría entierro en el cementerio de Torrero, que el hospital se encargaría de todo. La monja les engañó aprovechando su autoridad, su confianza y la poca experiencia en la vida de las mujeres de la familia.
Hacia el año 2010 aparece el caso de Barroso y Juan Luis Moreno, un par de niños de Barcelona que venían todos los veranos al Pilar a ver a la monja Asunción Vivas. Ella confesó que había vendido a los niños a esa familia de Barcelona, pero que las familias de Zaragoza habían querido darlos en adopción, aunque al final no fue capaz de decir los nombres de las familias ni de mostrar nunca documentación de esos papeles de consentimiento para la adopción. Este caso destapó mucho otros y, sobre todo, abrió una época de búsqueda donde se descubrieron varios patrones que indicaban el modus operandi de lo que parecía una trama de monjas, curas, médicos y algunas familias que creían que adoptaban pagando pero, en realidad, estaban pagando por el tráfico de bebés que eran retirados muchas veces de familias que no habían dado consentimiento y a las que se les decía que los bebés habían muerto.
En esta fórmula, aparecían monjas que hacían de matronas y que anunciaban la muerte, nunca dejaban ver el cuerpo y si lo hacían estaba frío de una nevera o era de una edad superior. Además, el hospital proponía hacerse cargo de los costes del entierro y se encargaba de todos los papeleos. Algo inusual. El perfil de las familias que perdían a los hijos eran familias menos pudientes, familias con otros hijos, madres solteras o madres solas.
En esa época vine a vivir a Zaragoza y empecé a conectar con gente que tenía casos parecidos y buscaban a familiares, o que tenían dudas de las muertes de esos bebés, sin respuestas claras ni pruebas de la muerte. Por tanto, buscaban la verdad de lo sucedido sin apoyo del Estado y siempre, con todo en contra, para poder tener evidencias de la verdad.
Entonces empieza un proceso de búsqueda serio, largo y solitario. La falta de certezas ha pesado sobre mis padres desde entonces y también sobre mí misma. Lo más duro es la incertidumbre, y la soledad en la investigación, que no encuentra un apoyo institucional para acompañarnos y poder confirmar o desmentir la verdad a cada paso del proceso. La palabra de una monja fue suficiente para engañarnos a todos, pero no hemos podido conseguir pruebas ni para confirmar ni para desmentir. Ese proceso inconcluso es una herida abierta por la que supura la identidad propia, la sensación de justicia, la esperanza, y la propia vida que se nos va mientras buscamos algo a lo que aferrarnos para dar un cierre a la historia, bien sea confirmando o desmintiendo, pero con alguna certeza.
Además de la inversión económica (en abogados, en pruebas de ADN…), que es demoledora, el tiempo empleado en búsquedas, manifestaciones, solicitudes, papeleos… es enorme, y nada ha traído un cierre. Ya no digo que nos den la razón, sino que nos confirmen lo ocurrido con pruebas y no con documentos diseñados por un sistema que estaba organizado para encubrir en su época y que ahora no puede valer como evidencia.
Hubo un cura de San Juan de Dios que nos llegó a decir, a mí y a mis hijos, que mi madre no había dado a luz allí. Nos enseñaron unos libros en muy mal estado, con nombres mal puestos y aspecto de haber sido sobrescritos. Incluso con recortes pegados. ¿Acaso es esto normal en el libro de registro de nacimientos de un hospital? De nuevo creando confusión, de nuevo creando una cortina de humo que nos haga desistir de la búsqueda, sin otra evidencia que su palabra y un libro que no podemos fotocopiar o estudiar para validar lo más mínimo. Solo con la palabra de un cura pretenden hacernos creer, en pleno siglo XXI, que todas mis hermanas nacimos en ese hospital pero que justo la mayor no está registrada, ni como muerta siquiera.
No queremos más que la verdad, y darle la oportunidad a toda nuestra familia para cerrar un proceso vital como es el de conocer la identidad de los que componen tu familia. Ojalá tuviésemos apoyo institucional para actuar de oficio en estas situaciones con dudas razonables; ojalá pudiéramos poder hacer exhumaciones y análisis para confirmar si hay restos en ese féretro, ya que en innumerables ocasiones ni siquiera hay un cuerpo, sino muchas veces partes amputadas o trozos de tela. Sería importante que la fiscalía actuase de oficio y la policía pudiese investigar para poder aclarar, si el cuerpo no está en su tumba, dónde ha ido a parar ese bebé y cuál es su identidad. Porque no solo tiene derecho una madre y una hermana a conocer a su hijo y hermana respectivamente, sino que cualquier persona tiene derecho a saber su origen biológico. Si el franquismo creo leyes para que no quedase rastro documental, la democracia tendrá que responsabilizarse de esa herida social de cientos, miles o cientos de miles de familias que están separadas, para poder darles la oportunidad de decidir qué hacen con su historia y su futuro.
Mi intuición me dice que mi hermana está viva, y los indicios acompañan a esa idea, pero no tenemos la identidad de esa persona para poder darle la oportunidad de descubrir su historia y, quizás, formar parte de la nuestra. Necesitamos tu ayuda y la de las instituciones para poder curar este capítulo oscuro de la historia de España. Solo así podremos salir más fuertes y mejores de todo esto. Y a mi hermana: que sepas que eres querida, te hemos buscado y seguiremos haciéndolo, que sepas que te esperamos con los brazos abiertos y el corazón en un puño. Besos y abrazos de tus hermanas y hermanos: Tere, Cristina, Lourdes, Cesar y Eduardo.