Se busca un regalo de Reyes extraviado: un bebe varón.
Se busca un regalo de Reyes extraviado: un bebe varón.
Originalmente debía ser entregado en el hogar de los Gargallo Soriano, pero por algún motivo que fue sin duda, un «error», lo mas probable es que se entregara en algún otro domicilio de una familia más pudiente. Lo de que murió después de nacer no hay quien se lo crea. Ni siquiera en Reyes.
«Diez deditos tengo, si me falta uno solo —aunque solo uno sea, tan importante como los demás—, siempre me voy a acordar de él», repitió María a sus otros hijos hasta el día de su muerte.
«No llores, que tienes más hijos»
La madre se decía esto a sí misma como un mecanismo de autoconfianza ante lo que le espetó una monja el día que no le entregaron a uno de sus hijos recién nacidos: «No llores, que tienes más hijos». Esto le ocurrió a María en el Hospital 18 de Julio cuando, en la víspera de Reyes, fue a dar a luz. Aunque escuchó a su hijo llorar, la durmieron y acabó volviendo a casa sola dos días más tarde, sin bebé, pero con una gran herida por creer lo que las monjas le habían dicho, que su hijo había muerto. Aceptó la autoridad; sin embargo, algo dentro de ella siempre le dijo que su hijo estaba vivo, aunque aceptarlo implicase que, además, la habían engañado.
María y Pascual: una familia en Zaragoza
María es ama de casa, ha dejado su pueblo, Paracuellos de la Ribera, y a su hermana Pilar para venirse a vivir a la ciudad. Pilar siempre estaría presente y la ayudaría con la familia. Pero se había casado con Pascual Gargallo y la ciudad era mejor lugar para salir adelante. Pascual sostenía a la familia gracias a dos trabajos, butanero por la mañana y ferroviario por la tarde. El matrimonio vivió primero en el Arrabal y luego en Zaragoza la Vieja, ambas zonas humildes pero honradas de Zaragoza capital.
Aquellos tiempos eran sencillos, duros; también llenos de vida y esperanza, porque la vida siempre encuentra grietas por las que dejar pasar la luz de la esperanza. La sociedad era en blanco y negro pero las cosas estaban cambiando poco a poco. Las televisiones empezaban a verse cada vez en más casas y, en el barrio, algunas ya tenían. Una de las vecinas sacaba la televisión a la ventana en verano para que la viesen los chicos del bloque y en invierno a veces incluso les invitaba al salón y sacaba chocolate caliente. Además, se había suprimido el impuesto a la radio y eso siempre facilitaba las cosas. Cuando uno quiere, siempre encuentra buenos motivos para vivir. La Navidad es una época del año entrañable con calles iluminadas, cantos de villancicos y hogares iluminados hasta tarde, celebrando las cosas más pequeñas que se convierten esos días en las más importantes: la salud, la familia y el trabajo. En medio de la dictadura, cada paso, por pequeño o aleatorio que pareciese —una vecina con una televisión, el anuncio de una máquina de lavar la ropa o una película que refleja la abundancia material—, invitaba a quienes querían vivir a mirar al futuro con cierto optimismo cauteloso.
La víspera de Reyes de 1964
Los trabajos de Pascual permitían a María centrarse en el hogar, y pronto necesitaría toda su atención para organizar la casa y hacer comida para una familia que crecía rápido. María tenía ya seis hijos ese año 1964, cuando poco antes de Reyes le ocurrió algo que dejaría una silenciosa herida que la acompañaría irremediablemente el resto de su vida. En época de fiestas todo el mundo se vuelve generoso y los aguinaldos compensan la precariedad habitual. Con eso, una familia puede permitirse, al menos durante unos días, esas cosas que el resto del año no aparecen en las mesas de muchos hogares. Eso, y paseo por los grandes almacenes iluminados, ya eran un regalo y la sensación de unas fiestas plenas para la mayoría en aquella época.
María estaba embarazada de su séptimo hijo y saldría de cuentas para la semana de Reyes. Como de costumbre, llegado el momento, María lo tenía todo preparado. Dejó a los demás hijos a cargo de una vecina y se fue al hospital por su propio pie. Recorrió andando el camino que separaba su casa del Hospital 18 de Julio, en la calle Manjón del barrio de las Delicias, cruzando una plaza del Pilar iluminada y con su pesebre de la natividad. Las calles decoradas con los adornos típicos dejaban atrás el gris habitual. Hacía tan sólo unos días que había entrado el nuevo año y se ultimaban las preparaciones para la tradicional cabalgata de Reyes. María transitaba las calles esa mañana fría con la calma de las fiestas, la confianza de una madre con experiencia y la ilusión de verle la cara el nuevo miembro de su familia, esperando poder llevar pronto a casa ese regalo de Reyes para todos.
Mientras caminaba, se asentaba una sensación creciente de que la vida eran esas pequeñas cosas y, a pesar de las estrecheces puntuales, con un poco de esfuerzo, cuentas minuciosas y mucha atención y cuidado, toda la familia va saliendo adelante. La vida se va escribiendo casi sin darnos cuenta. El miedo va quedando atrás gracias a la confianza del matrimonio y al esfuerzo diario.
Dos días después, María volvió a casa sin su hijo
Sin embargo, todo cambió como lo hacían las cosas en esa época de dictadura: bajo un silencio normalizante que justificaba con fe y razones frívolas cualquier cosa que fuese necesaria, incluso las más atroces. Porque el miedo a la autoridad hacía que las figuras de poder parecieran incuestionables, como si su palabra fuese a misa, aunque la fe en este caso no designa otra cosa que obediencia cegada por el miedo. Dos días más tarde, María volvió a casa con las manos vacías y el corazón roto. Había tenido un hermoso niño al que escuchó llorar, pero decidieron dormirla y nunca más volvió a verlo. El parto sucedió tan rápido como lo puede hacer en una madre experimentada, y todo salió bien. Pero a diferencia de otras ocasiones, después de dar a luz alguien decidió dormirla. Las monjas que la atendieron esa víspera de Reyes no la asistieron como a María en Belén, recién nacido su niño dios. Le dijeron que su hijo había muerto. Sin más. Como si de algo tan normal se tratase. Quizás para esas personas lo fuese, pero no para María, que ya había dado a luz siete veces. María, sola y cansada, no pudo más que llorar y pedir ver su cuerpo una y otra vez, lo cual le negaron diciéndole que era mejor para ella no verlo y que dejase ya de llorar, que tenía más hijos. María no era la madre de Jesús, pero para cualquier madre un hijo es un todo que nada puede sustituir. Tal vez una monja no pueda saberlo por sus votos, pero como mujer o simplemente como persona debería poder entenderlo. Aquellas monjas parecían contentarse con esas palabras.
El recuerdo de Pilar y las dudas sobre lo ocurrido
La hermana de María consiguió que le mostrasen el supuesto cuerpo, pero recuerda que le enseñaron el cuerpo de un niño que tenía al menos un par de años; su tamaño no era el de un recién nacido. El padre tampoco hizo nada porque, después de todo, quién va a cuestionar a una monja, y menos en un asunto como aquel, quién iba a pensar que algo así era posible, que su hijo estuviera vivo y que tuvieran otros planes para él. Quizás sería el regalo de Reyes, sí, pero para otra familia que pudiese pagar mejor precio. «Total —se dirían las monjas—, ya se sabe que esta gente puede hacer más, y seguro que una familia pudiente le dará una mejor vida a ese bebé. Quiénes se creen las madres que son para decidir a dónde van a parar sus hijos». Las monjas tenían otros planes y María no llevaría el regalo de Dios a su propia casa.
Los trece hermanos de la familia Gargallo Soriano
El tiempo pasó y tuvieron más hijos. Trece hermanos forman la familia Gargallo Soriano, todos sanos, todos han salido adelante, algunos con más éxito (uno jugó al futbol para el Real Madrid de joven), otros trabajando desde los catorce años, otras estudiaron, o tuvieron negocios… pero les une algo que puede apreciar cualquiera que los conozca, la sensación de ser una familia unida, capaz de hacer que los que recién llegados se sientan parte de ella, como si siempre lo hubiesen sido. No es fácil que se junte tanta gente, pero cada año, al menos un par de veces, comparten todos mesa y mantel, para recordarse que la vida son esos pequeños momentos. La Navidad es una de esas ocasiones en las que se reúnen, y los hijos y los nietos se van añadiendo a la historia del esfuerzo y el cariño por la vida.
«Siempre me acordaré del que falta»
María murió hace años y, poco después, también Pascual. Pero sus hijos recuerdan cómo María, de vez en cuando, en noches entrañables, especialmente en la época de Reyes, miraba a alguna de sus hijos y contaba, enseñando las dos manos: «Diez dedicos tengo, ¿veis? Diez. Pero si me faltara alguno, aun pequeño, por mucho que tenga más, siempre me acordaré del que falta. Verdad. Tú lo entiendes».
Esas monjas no lo entendían, por algún motivo. Quisieron plantar la duda y activar la obediencia de una persona creyente, una persona incapaz de pensar que, sin haber hecho daño a nadie, alguien le pudiese hacer daño a ella, como unas monjas en el 18 de Julio decidieron hacer arrebatándole a toda una familia su identidad, jugando a ser Dios —decidiendo quién merece un hijo— o jugando a ser Herodes —sacrificando a todos los hijos que sean necesarios para salvar su reino—.
Una madre murió sin conocer la verdad
Una madre murió sin poder saber. Ya no si su hijo estaba vivo, sino si le habrían cuidado, o si habría sido abandonado. Un niño que fue arrebatado con engaños y mentiras, que no supo nunca que su madre verdadera siempre le ha querido y que le hubiese gustado poder cuidarle, como al resto de sus hijos, ni mejor ni peor, con el mismo amor que una madre da a cada uno. Su hermana Pilar tiene ciento dos años, vive en Paracuellos y solo piensa, al recordar todo esto, cómo sufrió su hermana y lo que le hubiera gustado saber. Nunca quiso buscar culpables, ni castigos, ni siquiera justica, solo quiso haberle podido decir que sus padres nunca dejaron de buscarlo, y que supiera que su familia biológica también lo había querido todo aquel tiempo. Los demás hijos de María solo querrían poder compartir la historia de su madre y saber que su hermano está bien. La identidad de cada uno está unida a su historia; después de todo, solo somos eso, el cúmulo de historias que conforman nuestras vidas. Y si compartimos nuestras historias estamos compartiendo nuestras vidas.
Una historia que todavía espera respuesta
Esta es una de tantas historias que se esconden en nuestra España y que necesitamos compartir para poder transcender, integrar, procesar; para seguir viviendo con la conciencia de haber hecho lo correcto y todo lo que esté en nuestra mano por el mayor bien posible. Y a veces, con compartir una verdad, ya podemos descansar en paz.
Si naciste en torno a 1964 y te dijeron que eras adoptado, o has descubierto con los años que tu familia no es tu familia biológica, y quieres encontrar tus orígenes, no dejes de buscar. Nosotros no dejaremos de hacerlo. Y si conoces a alguien que se parezca a las personas de estas fotos y exista alguna posibilidad, por muy remota que sea, de que sea un hijo reubicado con alguna familia pudiente que no es su familia biológica, comparte esto y dale la oportunidad de decidir si tirar del hilo. Si lo hace, nosotros estaremos al otro lado esperando, lanzando ovillos para ver si alguna Navidad los Reyes, finalmente, vienen con un niño debajo del brazo de vuelta a su casa.



