Tardaste trece años en venir

La historia de Olga y Miguel, mi llegada a sus vidas y la búsqueda de mis orígenes.

Trece años esperando una hija

 

«Tardaste trece años en venir».

Esa frase resume una de las historias más bonitas de mi vida: la de mis padres, Olga y Miguel, y todo el tiempo que esperaron hasta tenerme en sus brazos.

Mis padres tardaron seis años en casarse, pero, una vez casados, no quisieron esperar ni uno para tener hijos. Soñaban con formar una familia. Sin embargo, los hijos no llegaban. Cada mes era una nueva ilusión y también una nueva desilusión. Así fueron pasando los años, mientras familiares y amigos compartían primero su esperanza y, después, la tristeza de una espera que parecía no terminar nunca.

Mientras tanto, se convirtieron en unos tíos maravillosos. Cuidaban y mimaban a sus sobrinos, y volcaban en ellos parte de ese cariño que tanto deseaban entregar a un hijo. Pero el sueño de ser padres seguía vivo.

En aquellos años, la madre de Olga, mi abuela, enfermó gravemente. Antes de morir le dijo algo que mi madre nunca olvidó:

«Yo te ayudaré. Desde donde esté, yo te ayudaré».

Trece años después de casarse, Olga y Miguel llegaron hasta mí. Según me contaron, bastó una hora hablando con el director de la maternidad para convencerlo de que podían ser unos buenos padres para aquella niña. Ellos llevaban trece años deseando quererla.

Cuando me vieron, les parecí el bebé más bonito del mundo. Les dijeron que me llamaba Celia María y a mi madre aquellos nombres le sonaron a nombres de ángel. Pensó entonces en la promesa de su madre y sintió que, de alguna manera, la había ayudado a encontrarme.

Olga decía que nunca sabría qué siente una mujer al dar a luz, pero que la felicidad que sintió cuando me sostuvo por primera vez fue inmensa. Aquel día se sintió la mujer más feliz del universo.

Sin embargo, la alegría duró muy poco antes de mezclarse con un miedo enorme. Mis padres me llevaron a ver a su amigo Ángel, que era pediatra. Yo estaba en un estado de salud muy delicado: pesaba tan solo 1.800 gramos y, según me contaron, tenía raquitismo, deshidratación y problemas por falta de oxígeno.

Ángel les dijo que probablemente no sobreviviría aquella noche. Incluso les comentó que, si ocurría lo peor, podrían conseguirles otra niña.

Mi madre se plantó y respondió con una firmeza que siempre me emociona recordar:

«Esta es mi hija y tenemos que salvarla».

No habían esperado trece años para rendirse en aquel momento. Yo ya era su hija.

Apenas pudieron tenerme unas horas en brazos. Me ingresaron en la UCI y comenzó otra espera: transfusiones de sangre, alimentación por sonda, medicación y visitas diarias. Durante aproximadamente un mes, Olga y Miguel estuvieron pendientes de mi evolución.

Mi madre intentaba consolarse pensando que otras mujeres esperan nueve meses para conocer a sus hijos y que ella tenía que esperar un poco más para llevarme a casa. Pero aquel mes se hizo larguísimo.

Hasta que por fin llegó el día de marcharnos a casa.

Los tres.

Entonces comenzó la vida que tanto habían soñado. Aprendieron a cuidar de mí, a conocer mis gestos y a disfrutar de cada pequeño momento. Siempre me dijeron que fui una niña buena y que les hice muy felices. Y yo sé que fue así, porque me lo demostraron durante toda su vida.

No fui solamente la niña que por fin llegó después de trece años. Fui su hija, y juntos construimos una vida entera de cariño, de recuerdos y de familia.

Mi madre solía decirme, además, cuánto me parecía a mi abuela, aquella mujer que le había prometido ayudarla. A Olga le gustaba pensar que había cumplido su promesa. A mí también me gusta pensarlo.

Mis padres tardaron trece años en encontrarme. Y yo tuve la suerte de hacerlos felices durante toda una vida, igual que ellos me hicieron feliz a mí.


La parte de mi historia que todavía desconozco

Pero mi vida no comenzó el día en que Olga y Miguel me encontraron. Antes de convertirme en su hija ya había nacido, ya tenía un nombre y había otra mujer cuya historia desconozco.

Nací el 10 de septiembre de 1971, a las nueve de la noche, en el Hospital Provincial de Zaragoza, en la llamada maternidad cerrada.

Según los datos que he podido reunir, aquel año nacieron allí, en esa sección, 28 niños.

Mi nombre de nacimiento era Celia María Brun Puertas.

Mis padres adoptivos siempre me contaron que fue mi madre biológica quien eligió esos nombres y apellidos. No sé si Brun y Puertas eran ambos suyos o si uno pertenecía a mi padre biológico.

En mi partida de nacimiento consta que mis padres eran desconocidos. También aparecen los nombres María y José. Según me explicaron, se utilizaban como nombres genéricos, en referencia a los padres de Cristo, para no dejar esos apartados en blanco. No conozco ninguna identificación real de mis progenitores en ese documento.

Con el tiempo quise investigar si se conservaba algo más sobre mí.

Contacté con Alicia Sánchez Lecha, archivera vinculada a los fondos de la Maternidad e Inclusa Provincial de Zaragoza y autora del libro Madres e hijos. Historia de la Maternidad e Inclusa provincial de Zaragoza. Siglos XIX y XX.

Fue Alicia quien me habló de un detalle que yo desconocía:

Entre la documentación de mi nacimiento había un papel suelto, escrito a mano, que indicaba que a la niña se le pusiera el nombre de Celia María Brun Puertas.

Aquel papel es una de las pocas pistas concretas que han aparecido en mi búsqueda.

No sé quién lo escribió ni quién lo entregó. Tampoco sé si la letra era de mi madre biológica. Pero alguien dejó por escrito el nombre que debía llevar.

Y no puedo evitar preguntarme: si se conservó esa indicación, ¿por qué no aparece quién era mi madre? ¿Quiso ella que conservara su apellido? ¿Qué significaba para ella aquel nombre? ¿Qué ocurrió realmente cuando nací?

Por lo que me contaron Olga y Miguel, fui entregada en acogida cuando era muy pequeña. Según su recuerdo, existía un periodo durante el cual mi madre biológica podía reclamarme.

Ellos pudieron legalizar mi adopción cuando yo tenía aproximadamente un año. No conozco el contenido exacto de los documentos ni las circunstancias en que se decidió mi entrega y posterior adopción.

También recibí información sobre la existencia de sobres lacrados con documentación de las madres en aquella maternidad y sobre la posibilidad de que algunas dejaran sus datos.

En mi caso, hasta ahora no he encontrado un nombre, una edad, una procedencia ni otro dato que permita identificar a mi madre biológica.

Detrás de esos vacíos hay una persona. Quizá una mujer muy joven, quizá alguien que atravesaba una situación difícil, quizá una madre que tomó una decisión libre o quizá una mujer a la que no dejaron decidir.

No lo sé, y no quiero inventar su historia.

Ni siquiera sé si pudo tenerme en brazos, si supo dónde fui a parar o si alguna vez volvió a preguntar por mí.


Una búsqueda compartida por muchas familias

El 3 de marzo de 2020 hice pública mi búsqueda de mi familia biológica. Expliqué dónde y cuándo había nacido, cuál era mi nombre original y que no pretendía comprometer a nadie.

Solo quería encontrar alguna pista. Hoy comparto esta historia con otras personas que también buscan sus orígenes. Entre nosotros hay hijos que desean conocer a sus madres y a sus padres biológicos, y hay madres que llevan décadas intentando encontrar a sus hijos.

Algunas cuentan que les dijeron que sus bebés habían muerto y que, con los años, supieron que aquello no era verdad. Sabemos que existen historias de niños robados, de separaciones forzadas y de adopciones irregulares.

También hay expedientes incompletos, recuerdos contradictorios y silencios que hacen muy difícil reconstruir lo sucedido.

Cada caso debe investigarse por sus propios hechos y con sus propias pruebas.

No puedo afirmar que yo fuera una niña robada.

No tengo pruebas de ello. Pero tampoco sé qué ocurrió antes de que Olga y Miguel me acogieran, ni por qué no se identifica a mis padres biológicos en la documentación que conozco.

Esa es precisamente la verdad que deseo averiguar.

No quiero juzgar a mi madre biológica. Ignoro si decidió separarse de mí, si las circunstancias la obligaron o si le dijeron algo que no era cierto. Si sigue viva y nunca ha hablado de aquello, tampoco quiero exponerla ni causarle daño.

Me gustaría que supiera que fui una niña muy feliz.

Tuve unos padres, Olga y Miguel, que me esperaron con ilusión durante trece años, que lucharon por mi vida cuando estaba en peligro y que me quisieron hasta el final de las suyas.

Ambos han fallecido y los echo de menos cada día.

Buscar a mi madre biológica no significa querer menos a mis padres ni buscar a alguien que los sustituya.

Olga y Miguel siempre serán mis padres.

Pero también tengo derecho a intentar conocer qué ocurrió antes, quién me dio la vida y qué historia hay detrás de aquel papel escrito a mano.

Quiero poder unir las dos partes de mi historia: la de las personas que me criaron y la de las personas de las que procedo. No tienen por qué competir entre sí.

Si alguien reconoce el nombre Celia María Brun Puertas, recuerda algún dato de la maternidad cerrada del Hospital Provincial de Zaragoza en septiembre de 1971 o conserva información que pueda ayudar a esclarecer mi nacimiento, mi acogida o mi adopción, cualquier pista sería importante.

Me gustaría que la información pudiera contrastarse con documentos o testimonios.

Mis padres esperaron trece años para encontrarme.

Yo llevo toda una vida con preguntas sobre mis orígenes.

Y sé que, detrás de muchos nombres como el mío, hay madres e hijos que aún esperan encontrarse.

Fui una hija deseada y profundamente querida. Y sigo siendo una hija que quiere conocer toda su historia.


Datos de referencia para la investigación

Esta relación distingue los datos de nacimiento y documentación de los recuerdos familiares y de los puntos pendientes de comprobación. No constituye una conclusión sobre la legalidad de la acogida o la adopción.

  • Nombre de nacimiento: Celia María Brun Puertas.

  • Fecha y hora de nacimiento referidas: 10 de septiembre de 1971, a las 21:00.

  • Lugar de nacimiento referido: Hospital Provincial de Zaragoza, maternidad cerrada, España.

  • Filiación en la partida de nacimiento: progenitores indicados como desconocidos; aparecen los nombres María y José, sin identificación biográfica conocida.

  • Nota manuscrita: Alicia Sánchez Lecha me comunicó que entre los documentos figuraba un papel suelto indicando que se pusiera a la niña el nombre Celia María Brun Puertas. Desconozco la autoría y la procedencia de la nota.

  • Padres adoptivos: Olga y Miguel (ambos fallecidos).

  • Acogida y adopción: según mis padres, fui acogida siendo muy pequeña; la adopción se pudo formalizar aproximadamente al cumplir un año. La cronología y el régimen jurídico requieren comprobación documental.

  • Estado de salud al llegar a mis padres, según sus recuerdos: 1.800 gramos de peso, raquitismo, deshidratación y falta de oxígeno; ingreso en la UCI de aproximadamente un mes.

  • Otros datos transmitidos: se me indicó que en 1971 hubo 28 nacimientos en la maternidad cerrada; este número debe verificarse con los registros correspondientes.

  • Búsqueda pública: publicada el 3 de marzo de 2020.

  • Información por localizar o confirmar: copia y procedencia de la nota manuscrita; registros de nacimiento e ingreso; expediente de acogida y adopción; constancia de eventuales consentimientos o renuncias; identidad y circunstancias de mis progenitores biológicos.

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